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El camino benedictino, saborear la bondad de Dios

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He aquí una trilogía monástica viva. Tres edades de la vida espiritual. Con tres tentaciones: ¿ilusión, pragmatismo, desencanto? O más bien sus tres etapas: maravillarse, profundizar, apaciguarse. Según tres frases: «Hemos visto una estrella... ¿A quién iremos?… Os conviene que yo me vaya»... Descubrimiento, apego, desprendimiento. Brotar, dilatarse, irradiar. Es el brote, el hecho de florecer, la pesadez del fruto lo que hace que la rama se incline. Ninguna serie de imágenes puede evocar el misterio de una existencia vivida en la paciencia según san Benito: itinerario desde Dios hasta Dios, a través de la aventura humana. Jesús mismo, antes de entregar su espíritu, conoció sus vicisitudes.

Maduradas bajo el sol de Africa, estas páginas sencillas, honestas, no enseñan nada. Sencillamente, tratan de hacer adivinar la alegría que puede dar el consentimiento en la paz. San Benito dice: «Y abiertos nuestros ojos a la luz divina, nuestros oídos atentos... ¿qué cosa más dulce para nosotros?» Pero también ¿qué puede haber más duro, a veces, y más «áspero», que el contraste entre esta sorpresa ante lo divino y la constatación de todo lo humano? Pronto — así lo creemos- la antinomia será reducida, eternamente. Pero la contrariedad ya está resuelta. Ayudándonos a aceptarnos, san Benito nos libra de nosotros mismos, para que podamos ofrecernos a todos, en Dios; acoger a Dios sin césar, en sus dones, en sus criaturas.

¡Qué largo es el tiempo! Sin embargo, no es posible habituarse al sabor de Dios. Una gracia aneja a su palabra, a su eucaristía, a su Iglesia y a su liturgia les impide envejecer. No se tiene la edad de las arterias; se tiene la edad de su mirada, siempre capaz de admiración. Juventud: presencia de todo lo que participa en el Espíritu, imagen de aquel que es impulso, espontaneidad inagotable, don total de si mismo para si mismo y para los otros; Juventud del Eterno, inmerso en lo cotidiano.

Deseémosla, y ella nos colmará. San Benito habla seis veces de vida eterna como objeto de nuestra concupiscencia; es gloria; hacia ella marchamos; ha sido preparada para nosotros; la diligencia nos conduce hacia ella. Y Cristo —estemos seguros- nos introducirá allí.

He aquí lo que los antiguos monjes hubieran llamado una «prelibación»: una pregustación.

Clervaux, Pascua 1979
JEAN LECLERCQ

© Editorial Verbo Divino - Jean Marie Burucoa

 

Etiquetas: San Benito, Regla Benedictina, monjes benedictinos, camino benedictino

Escucha, oh hijo, los preceptos del Maestro, e inclina el oído de tu corazón. (Primeras palabras de la Regla de san Benito)

Cuando uno se acerca al claustro, oye con frecuencia un mandato: ¡Silencio! Pero san Benito, a decir verdad, es más cortés: no manda sencillamente callarse, sino escuchar. Y en ello hay mucho más que una simple educación.

Jamás desesperar de la misericordia de Dios (C. 4)

Dios no es más grande que su Bondad.

Pasar toda la vida, día tras día, abriendo desmesuradamente los ojos, excitar el espíritu para recibir la mayor luz posible, abrir largamente el corazón para descubrir cada vez más esta gigantesca Bondad: he aquí el objetivo.

Nada se anteponga al Oficio Divino

La obra de Dios es la obra de la Iglesia: el monje ora en la Iglesia. Y ora en comunidad: se inserta en la Iglesia por medio de su comunidad monástica.

El monje se entrega en alma y cuerpo a esta obra, santa entre todas, que es la oración de la Iglesia, la liturgia. Esta oración es toda su vida, y toda su vida es esta oración: día y noche, fuera y dentro del monasterio, en cualquier sitio donde le coloque la obediencia, el monje, en todas sus actividades, o prepara o haga o ilustra la liturgia.

Tener por cierto que Dios le está mirando en todo lugar.
(c. 4)

La liturgia y la oración son los tiempos fuertes de la del monje, la cita que Dios le da. Sin embargo, en San Benito la oración pretende ser un estado permanente del alma más que un ejercicio entre otros, es como una respiración habitual más que un acto diferenciado.

Castígar su cuerpo.
Amar el ayuno
(c. 4)

En la escuela del servicio del Señor se aprende la penitencia.

En la escuela del mundo, la penitencia constituye un escandalo, una aberración, una locura. La penitencia insulta al espíritu del mundo. A menudo se escucha: ¡Dios no puede pedir tanto!

Y es cierto que no pide nada; se contenta con dar. En este sentido no pide nada; jamás coacciona la libertad. Pero su amor la pide toda entera.

No devolver mal por mal
(c. 4)

El claustro no es un paraíso ni una jungla. San Benito, que conoce al hombre, sabe muy bien que el monje no es ni angel ni bestia, sino como los demás.

Sabe que el corazón de todo hombre es fácilmente vulnerable y pusilanime, que su amor es susceptible y delicado, y que está a merced de una palabra poco acertada del prójimo, de una brusquedad o de un mal pasajero.

¿Qué cosa más dulce para nosotros, mis queridos hermanos, que esta voz del Señor que nos invita?
(Prólogo)

Se piensa de buen grado que la contemplación es una tentación. Y, en efecto, lo es, pero la mejor tentación del hombre.

El Señor busca a su obrero
(Prólogo)

“Dios está en todas partes”, decimos. Y diciendo esto, nos imaginamos a Dios extendido con todo su ser por todo el espacio de nuestro universo.

Pero Dios no es así. A Él le gusta mucho más pasearse por el corazón del hombre que por el universo (Cant.5, 1).

Estemos en la salmodia de tal modo que nuestra mente concuerde con nuestros labios
(Capítulo 19)

Para el contemplativo la vida es bella.

Para él es ella todo un poema que Dios escribe cada día con su mano. Es toda una sinfonía, armonizada en Cristo por el Espíritu. Toda ella es como una liturgia, una celebración.

Se cree que el Padre hace las veces de Cristo
(Capítulo 2 y 63)

La paternidad tiene su origen en Cristo. Procede más de Él que de la función natural o espiritual de paternidad.

La paternidad no es el privilegio natural de quien ha engendrado, o el privilegio espiritual de quien tiene almas a su cargo. Es lo propio de todos aquellos a quienes Cristo asume en su ser, a los que inserta en Él, en su vida entregada y fecunda infinitamente por este don que está por encima de toda fecundidad.

El padre tendrá que responder por todas las almas, además de la suya propia
(Capítulo 2)

Piense sin cesar en su grave responsabilidad
(Capítulo 64)

La paternidad está en crisis bajo la acusación de paternalismo. Pero éste no es más que una desviación de aquella: reposa en una concepción falaz del padre, y resulta de un equívoco sobre la paternidad.

Que muestre la ternura de un padre
(Capítulo 2)

Que imite la ternura paternal del Buen Pastor
(Capítulo 27)

La ternura llamada “humana” es ante todo divina. La ternura, expresión sensible de afecto y de solicitud, es por excelencia el hecho de Dios.

Dios es infinitamente sensible. Toda la revelación lo demuestra y la encarnación es su demostración definitiva.

¿Qué página del Nuevo Testamento no constituye la regla más segura de la vida humana?
(Capítulo 73)

En los labios de María, en el momento de la encarnación, El Espíritu ha definido la maternidad como un servicio ofrendado, como una oblación (Lc 1, 38).

Lo que se refleja de Dios en María desde este instante, es esencialmente la Paternidad. María refleja al Padre en la Nueva Alianza, como Abrahán en la Antigua.

Tener todos los días ante los ojos, la muerte
(Capítulo 4)

Nuestra vida corre hacia la muerte como el río hacia el mar. Incesantemente, necesariamente, irreversiblemente.

En el paso del tiempo, el hombre ve el anuncio de su muerte, su recuerdo constante, su promesa inexorable. El tiempo irreversible es como una muerte continua, una sucesión indefinida de muertes.

Los lados de esta escala de la humildad, son, según nosotros, nuestro cuerpo y nuestra alma
(Capítulo 7)

En tensión hacia la muerte, nuestra existencia humana tiende hacia la humildad.

La muerte es para nuestro ser la humillación inevitable y radical. Pero la humillación no es la humildad. La humillación se sufre, la humildad se acepta libremente.

Se abrace calladamente en su interior con la paciencia, y, soportándolo todo, no se canse ni desista
(Capítulo 7, 4to. grado de humildad)

Para san Benito, el lugar de la paciencia está en el corazón de la humildad. Y le concede un amplio lugar en su reflexión, para incitar a ella a sus discípulos y preparar su acción.

Porque la paciencia no es una pasividad, como su enunciado lo haría cree. Como la humildad, de la que es un aspecto, un componente, la paciencia no es un simple «sufrir», sino un «actuar» en profundidad.

También en su mismo cuerpo manifieste siempre la humildad
(Capítulo 7, 12vo. grado de humildad)

El hombre lleva ya en su cuerpo la muerte. Y el cuerpo del hombre lleva también la vida.

Muerte y vida están significadas en nuestro cuerpo. Y más que su signo, nuestro cuerpo es la una y la otra en acto, el campo del proceso natural de nuestra vida que muere, de nuestra muerte constante en el corazón mismo de nuestra vida.

El vicio de la propiedad debe ser extirpado del monasterio desde su raíz
(Capítulo 33)

La propiedad es un deseo legítimo del hombre. Y el evangelio no dice lo contario.

Pero lleva en sí misa un riesgo de apego exagerado, una tentación de repliegue sobre sí y de cerrazón ante el prójimo. Separando y dividiendo los bienes, la propiedad tiende a dividir a los hombres, a oponerlos.

San Benito no excluye la propiedad: el monasterio es propietario. Lo que destierra es el espíritu de propiedad, estigmatizándolo como «vicio», como veneno para la unidad.

En determinados tiempos los monjes deben ocuparse en el trabajo manual, y a ciertas horas en la lección divina
(Capítulo 48)

Alienado por el dinero, el hombre de nuestro tiempo también lo está por el trabajo.

El trabajo es un honor para el hombre. Pero si el hombre se convierte en un medio, en rueda o instrumento –incluso perfeccionado-, su honor se pierde: la materia le ha dominado.

Ante todo, que no se asome el vicio de murmuración… Si alguien fuere sorprendido, sométasele a un más riguroso castigo
(Capítulo 34)

La humanidad de san Benito no excluye la firmeza. Bien al contrario, cuando la unidad de corazones está en juego, la exige.

Es un deber descubrir el gusano en la fruta, las termitas en el edificio, la infección en la piel.

Hermanos, cuando hemos interrogado al Señor… hemos escuchado su voluntad
(Prólogo)

La voluntad del Padre es el alimento del Jesús: podría haber dicho también su deseo o, mejor, su gusto.

El gusto es más que el deseo. Es el deseo prolongado, reflexionado, saboreado, el deseo de recogimiento, a la vez colmado y jamás harto.

Empuña las fuertes y esclarecídas armas de la obediencia
(Prólogo)

Todo hombre tiene sed de poder y de libertad. Pero nadie más que el monje. Y ninguno mejor que él se empapa de ellas, porque el poder no se encuentra más que en Dios, y el poder es la libertad.

Participemos de los sufrimientos de Cristo por la paciencia.
(Prólogo)

La redención nos está solicitando.

¿Estamos, pues, justificados para no amar el sufrimiento? ¿A recibirlo como un desorden, una anomalía, un obstáculo intolerable en nuestro camino? ¿A guardar en el fondo de nosotros mismos el gusto por la salud perfecta, íntegra, el gusto por el orden, el orden de la facilidad, el orden del «sin choques», del «todo va bien», el orden que existía antes de la caida de nuestros primeros padres?

Que se prolongue por un afecto de la inspiración de la divina gracia.
(c. 20)

San Benito dedica trece capítulos al Oficio; ninguno a la oración. Pero la Regla entera estimula al monje a que ejercite incesantemente la presencia divina.

La liturgia no reemplaza a la oración, así como la oración no reemplaza a la liturgia. Esta es el medio privilegiado del don de Dios y del don de nosotros mismos, el lugar del encuentro. Pero la oración prepara este don mutuo o lo prolonga, y da al alma el tiempo y la libertad para conocer, a gusto, a aquél a quien se recibe, aquello que se da y a aquél a quien se da.

Vamos pues, a establecer una escuela del servicio divino.
(Prólogo)

El claustro es como el evangelio: la escuela del servicio. La clausura, al cerrarse sobre el postulante, le abre los evangelios.

El monje no ha venido a ser servido, sino a servir (Mt. 20, 28). Está en medio de los hermanos como el que sirve (Lc 22, 27), y el último de todos (Mc 9, 35). Por que el más pequeño entre los monjes, ése es verdaderamente grande (Lc 9, 48).

Honrar a todos los hombres
(c. 4)

El recogimiento no excluye la acogida. Al contrario, la favorece porque la profundiza. El huésped del claustro es recibido con honor «como si fuera el mismo Cristo» (C. 53).

El monje que pasa ante él inclina la cabeza: en cada hombre saluda a un hermano. Pero esta educación no es la del mundo, esta reverencia no es un cumplido. San Benito condena las mundanidades.

Dilatado el corazón, córrese con inenarrable dulzura de caridad
(Prólogo)

Jesús nos ofrece su alegría además de su paz (Jn 15, 11).

Pero el hombre de nuestro tiempo piensa que la alegría no es posible ni incluso razonable. Su condición de hombre, amenazado por duelos y cataclismos, por injusticias y taras, lo sumerge en la angustia, la desesperación o la rebelión.

Que todos sean llamados a consejo, porque a menudo Dios revela al más joven lo que es mejor. 
(Capítulo 3)

El diálogo es la demanda de nuestro tiempo. Pero lejos de ser una moda, el diálogo es uno de los valores evangélicos del que el espíritu moderno ha tomado conciencia y siente su exigencia.

Jesús mismo, que era la verdad plena y la luz total, practica el diálogo tanto y tan bien que su acción, aunque siempre en referencia al Padre, es a menudo una reacción a las palabras o acciones de los hombres.

El padre debe recordar sin cesar el nombre que se le da 
(Capítulo 2 y 63)

sin hacer de ello una pretensión personal
(Capítulo 63)

El evangelio contesta la apelación de “padre” (Mt 23, 8-10). El Señor pone en guardia formalmente contra la pretensión a tales títulos de maestro, doctor o padre. Conoce la propensión del hombre a la autoridad, y desconfía de ella.

El abad debe desplegar la mayor solicitud
(Capítulo 27)

No tenga celos ni sea demasiado suspicaz
(Capítulo 64)

Todo amor es un diálogo de confianza. La reciprocidad es la ley de los corazones.

Inspirar confianza es algo innato en el hombre. Ser amado es la aspiración humana fundamental.

¿Qué página del Antiguo Testamento… no es rectísima norma de vida humana?
(Capítulo 73)

«Esperando contra toda esperanza, Abrahán creyó, y porque creyó llegó a ser padre de una multitud» (Rom 4, 18).

En Abrahán ha sido revelada toda paternidad, la divina y la humana, la natural y la espiritual. Todas las paternidades encuentran en él su esclarecimiento inicial y se iluminan las unas a las otras en él, unidas todas juntas en la armonía del plan de Dios, como componentes indisociables.

Nada preferir al amor de Cristo
(Capítulo 4)

El «camino de la vida» no es otro que la ruta del amor. Y esta ruta es Cristo (Jn 14, 6).

El evangelio no tiene otro fin que poner a los hombres en esta ruta, hacer de ellos verdaderos discípulos que siguen al Maestro de cerca y por todos los sitios, tan lejos como puedan ir por Él y con Él en esta ruta.

Esta escala de Jacob, así erigida, representa nuestra vida en el mundo, que a media que el corazón se humilla, va elevando el Señor hasta el cielo
(Capítulo 7)

Al hombre le gusta su grandeza.

San Benito, según el evangelio, no conoce más que una, la humildad, la que consagra su más larga reflexión, analizándola en doce fases, porque esta virtud es todo lo contrario a un dato fácil y espontáneo.

El hombre tiene que escoger su grandeza.

Piense el hombre que Dios le está mirando a todas horas desde los cielos… Es preciso, hermanos, proceder con tiento a todas horas
(Capítulo 7, 1er. grado de humildad)

Dios vela sobre el hombre, sobre cada hombre, como una madre sobre el recién nacido. Porque cada hora es para nosotros ante Dios el momento de nacer, de renacer.

Dios vela sobre el hombre, sobre cada uno de ellos, como se vela a un moribundo. Porque toda hora es también para nosotros el momento de morir.

No solo proclamarse con su lengua el último, sino que lo crea así con íntimo sentimiento de corazón
(Capítulo 7, 7to. grado de humildad)

Quien dice que es último, con frecuencia querría ser el primero. Protesta de su pequeñez para aparecer más grande. Pero es el orgullo el que crece otro tanto.

La falsa humildad es tan sutil como inconsciente. Se cree sincera, cuando en realidad es ciega; objetiva, cuando en verdad es pura ilusión. Piensa tener buena conciencia, a fin de descargarse, de quitarse de encima, con poco esfuerzo, el peso de su miseria.

Subidos finalmente todos estos grados de la humildad, el monje llegará a la caridad de Dios
(Capítulo 7)

La humildad no es un fin. Es como la fe; no se cultiva por ella misma, sino con vistas a la caridad.

Humildad y caridad son los dos polos de la fe: la humildad es su raíz, la caridad su fruto. Sin la una y sin la otra, la fe no tiene vida y permanece sin savia y estéril.

Sean todas las cosas comunes a todos
(Capítulo 33)

Dios es una comunidad.

Dios es viviente por el intercambio trinitario que existe dentro de Él. Y es amor por el don mutuo de las tres personas que forman una sola cosa.

A imagen de Dios, el hombre no puede ser él mismo más que si en su vida existe el intercambio y el don recíproco entre Dios, él y su prójimo.

Hágase todo con moderación a causa de los débiles
(Capítulo 48)

Se manifestará al huésped toda la humanidad posible
(Capítulo 53)

Dios, además de hombre, se ha hecho «humano».

O más bien, porque era más «humano» que el hombre, antes de hacerse hombre, la encarnación es primeramente el desvelamiento de esta «humanidad» del Creador, de su ternura eterna.

El proyecto creador es manifestar esta ternura divina por y en el universo, y sobre todo por el hombre. Nuestra vocación de hombre es ser «humano».

Así como hay un celo de amargura, malo… así también hay un buen celo
(Capítulo 72)

Del buen espíritu nace el buen celo, lo mismo que de la fuente sale el curso de agua fertilizante y del tallo sale la flor.

Para san Benito el buen celo es el ramillete final. Recoge todo el obrar del monje y lo interioriza, abraza todos los aspectos de la vida que se armonizan en el celo de Cristo, «que conduce a la vida».